Cristo, fundamento de nuestra esperanza

Prof. Mg © Ricardo Ramírez Basualdo.

Profesor de filosofía y religión Colegio Sagrada Familia

Vivimos tiempos grises, vemos lo difícil que es para la humanidad mejorarse de este virus que quita la vida a las personas, que enferma, que deja sin trabajo, sin dinero, sin alimento y sin la compañía de nuestros seres queridos. Pero, para los que somos cristianos, tenemos algo que, desde el origen del cristianismo, nos diferenciaba del resto: tenemos fe, tenemos esperanza.  San Pablo lo recordaba en su primera carta a los Tesalonicenses: “hermanos, no queremos que estéis en la ignorancia respecto de los muertos, para que no os entristezcáis como los que no tienen esperanza” (1 Te 4, 13). Para entender en qué consiste la esperanza, es necesario comprender que no es lo mismo que la espera, pues el que espera está orientado hacia un bien futuro, por ejemplo, yo estoy esperando volver a hacer las clases presencialmente, pero mientras ello no ocurra seguiré esperando. Pero en el caso de la esperanza, además del tiempo futuro integra el tiempo presente, puesto que es una espera sabiendo que aquello que se espera ya está cumplido. En el caso de la esperanza espero estar con Dios, sabiendo que Dios ya está conmigo. A pesar de que aquello que esperamos no lo vemos, porque cuando lo veamos, “¿cómo esperarlo? Pero, sí esperamos lo que no vemos, en paciencia esperamos”           (Rom, 8, 24-25). Siendo la virtud de la paciencia una de las más importantes y necesarias para estos tiempos difíciles.

El contenido de la esperanza cristiana es Cristo, su muerte y resurrección, Él es la prueba fehaciente de que debemos esperar, pues Dios ha de cumplir sus promesas y nos ha de salvar. Si depositamos nuestra esperanza en Cristo nos daremos cuenta que “Si nos fatigamos y luchamos es porque tenemos puesta la esperanza en Dios vivo” (Timoteo 4,10). Es verdad que nos encantaría arrancar de nuestras vidas el sufrimiento, pero dicha posibilidad no está en nuestras manos, Dios nos ha salvado durante toda nuestra historia humana y lo seguirá  haciendo. Nuestro Dios sufre con nosotros en esta pandemia, está en cada temor y dificultad. También está en la llama que tenemos de esperanza, pues con su resurrección le ha dado sentido a que nuestra vida no termina aquí, porque de ser así “¡somos las personas más dignas de compasión!” (GA 2, 20).

La esperanza no falla, porque ya gozamos del amor de Dios en nuestras vidas, y nos ha demostrado en  la resurrección  de su Hijo. Todo aquel que tiene esperanza, es un hombre que camina (homo Viator) que va en movimiento hacia aquello que no ha sido develado.  Nuestra vida es un caminar y es la esperanza  de que somos capaces de participar de  la resurrección y salvación de Cristo, la que nos hace ponernos en marcha, porque “si Cristo no resucitó, entonces es vacío nuestro mensaje y vacía es nuestra fe” (1 Cor 15, 19). Su muerte y resurrección son la mejor prueba y fundamento que podemos tener para pedir con fe y con la certeza de que está con nosotros, y que podemos superar el sufrimiento y la muerte. Por eso supliquemos con la certeza de que así es y será  en estos tiempos difíciles con las últimas palabras del apocalipsis:  “ven Señor Jesús” (Ap. 22, 20).