Desde ahora: Justicia y Paz.

Los días que hemos vivido como país no han sido nada de fáciles, muchas personas se han reunido en las calles, plazas y barrios para pedir mayor justicia en salud, educación, en materia social y económica. La sociedad chilena ha pedido no solo 30 pesos menos en el pasaje del metro, sino que ha pedido solucionar el problema de fondo, que los capellanes de la red de colegios kentenijianos han resumido con bastante lucidez: “Son las familias y miembros de la sociedad más desfavorecidas las que sufren la injusticia y la inseguridad, bajos sueldos y una economía que crece, pero no toca la realidad diaria de la mayoría” (2019). Ello, si bien no lleva a justificar la violencia que hemos visto en las calles, sí nos hace reflexionar por la raíz de aquella violencia y nos debe invitar a trabajar cada día desde nuestros hogares y nuestras aulas de clases por una mayor convivencia ciudadana y amistad cívica que se debe hacer patente en nuestras familias, compañeros y vecinos.

Fernando Chomalí, Obispo de Concepción, manifiesta que una de las causas de esta crisis, (que no solo es política sino también moral), es porque “nos hace falta más amor, más ternura, más afecto, más misericordia”. No solo entre la clase política y los ciudadanos, sino entre todos aquellos que formamos y trabajamos por este país, que en sus raíces ha querido reconocerse siempre como “la copia feliz del Edén”. Para todo ello es necesario mirar con verdad la realidad social que vivimos, con nuestros aciertos y desaciertos para sumarnos a dialogar entre nosotros “sobre el país que queremos, para embarcarnos en la construcción de una sociedad que todos sintamos como propia y que todos nos comprometamos a cuidar como nuestro más preciado bien común” (Comité permanente del Episcopado Chileno, 2019).

Con frecuencia en lo cotidiano y a lo largo de nuestra vida apostamos por el individualismo, por no preocuparnos, ni mucho menos ocuparnos del bien común, propiciando una cultura del descarte, como lo llama el Papa Francisco. Hemos formado una sociedad que descarta al anciano y al enfermo, al joven y aquel que no ha tenido las mejores oportunidades de la sociedad. Lo cual, de alguna manera, ha propiciado acumular injusticia muchas veces “debajo de la alfombra”, invisibilizándola y no reconociendo las necesidades del otro. Por lo tanto, la pregunta frente a todo lo vivido estos días no debe quedarse solo en ¿qué nos pasó?, sino en ¿qué debo hacer? Se debe mirar más al que tengo al lado, salir de uno mismo y centrar nuestro trabajo diario, nuestras metas y logros en el otro; acortar las distancias que nos separan y reconocer la proximidad que tenemos. Debemos ser capaces de mirarnos a los ojos y trabajar por la justicia, para que esta abunde en la sociedad y exista la tan anhelada paz, solo así “la justicia y la paz se besarán” (Salmo 85,1).

Pidámosle a María, nuestra Madre, que nos ayude a ser capaces de lograr la paz como nos indicara el Papa Francisco cuando visitó nuestra nación: “A golpe de salir de casa y mirar rostros, de ir al encuentro de aquel que lo está pasando mal, que no ha sido tratado como persona, como un digno hijo de esta tierra” (Francisco, 2018).