El “sí” de María

Prof. Mg Ricardo Ramírez Basualdo
Profesor de Filosofía y Religión Colegio Sagrada Familia

María es aquella mujer del “si”, instrumento de Dios para cumplir su proyecto. El “sí” de María es libertad, porque fue capaz de acoger en su vida la palabra de Dios, su “sí” es signo de la voluntad con la que aceptó aquel desafío, con todas las dificultades que ello implicaba en su vida. Dios le preguntó si estaba dispuesta y ha dicho que “sí”. Con ello Dios habitó entre nosotros (Jn 1, 14), asumiendo la condición humana.

El “sí” de María fue de compromiso, de correr el riesgo, de salir de la zona de confort, de salir de las comodidades de la vida y ponerse en camino. María sabía que su vida no sería la misma desde aquel momento, que a pesar de que no sabía lo que ocurriría, iría de la mano de Dios asumiendo las dificultades. Aun así, aceptó resignadamente, lo apostó todo y supo llevar consigo la más grande de las promesas y la mayor esperanza, esa esperanza que se escribe con mayúscula: Jesucristo. ¿Cuántas veces nos paralizamos por el miedo a enfrentar la vida y preferimos mirarla desde un balcón perdiendo todo tipo de esperanza?

María hubiese dicho “sí” a estar con aquellos que más lo han necesitado en esta pandemia, hubiese entendido que la peor pandemia que existe es la del individualismo. Hubiese ido, como lo hizo, a ver a su prima Isabel (Lc 1, 39-56) mucho mayor que ella, la hubiese visto desde el patio, pero le hubiese ayudado a no salir y a no contagiarse, se hubiese hecho cargo de sus compras y necesidades para que pudiese cumplir la cuarentena. María tiene el anticuerpo contra el individualismo, el egoísmo y la ceguera de nuestra sociedad.

El “sí” de María nos debe tocar lo más hondo de nuestros corazones, su “sí” nos ha permitido tener una Madre común, una madre que no abandona, que nos ha acompañado de la mano en estos tiempos de tormenta y de tribulaciones. Aquella madre que es modelo, que nos habla con su vida y sabe cómo llevarnos a su Hijo Jesús. En su vida podemos ver que Dios no abandona y no defrauda, que muchas veces pensamos que no está en nuestras vidas y en nuestra historia, pero en María encontramos aquella esperanza que se sostiene en la muerte y resurrección de su Hijo.

Hoy, en tiempos de tribulaciones y momentos de incertidumbre, el abrazo de la madre es necesario y esencial, pidamos a Dios que nos aliente y nos ayude a tener cada día más fe, para que sepamos encontrar en María a aquella madre común que nos abraza y nos pone a todos como humanidad bajo su manto. Tal como lo hacían los primeros cristianos y el Papa Francisco nos ha repetido en este año de pandemia, digamos todos: “bajo tu amparo nos acogemos santa Madre de Dios, no desprecies las súplicas que te dirigimos ante nuestras necesidades, antes bien, líbranos de todo peligro oh Virgen gloriosa y bendita” y ella nos dirá como le dijo a San Juan Diego cuando se le apareció en México: «¿Qué hay, hijo mío, el más pequeño?, ¿Qué entristece tu corazón?, ¿Acaso no estoy yo aquí, que soy tu madre?