En el Centenario de San Juan Pablo II

Prof. Mg © Ricardo Ramírez Basualdo
Profesor de Filosofía y Religión Colegio Sagrada Familia

Juan Pablo II es quizás todavía el hombre que más influencia ha tenido en el último siglo no solo en nuestra Iglesia, sino que en todo el mundo. El Papa que marcó a toda una generación de personas conocidos como la generación Wojtyla. Al cumplirse 100 años desde su nacimiento recordemos por qué fue conocido como un Papa Magno y Santo. Fue un hombre que sufrió a muy temprana edad la muerte de su familia, que padeció el esfuerzo del trabajo en una cantera, que supo lo que era formarse clandestinamente en el seminario para ser sacerdote. Un hombre íntegro de gran vocación por las letras y las artes, apasionado por la filosofía, especialmente por la antropología. Actor de teatro en su juventud, además escritor de poesía y teatro. Pero, junto con ello un hombre apasionado por la naturaleza y el deporte, lo cual no dejó ni en los años de su pontificado.

En su pontificado toda esta vida personal se manifestó. Un pontífice que venía de una Polonia lejana de Roma, un Papa joven que lo primero que llama en su pontificado es a no tener miedo y a abrirle las puertas de par en par a Cristo. Un Papa que supo transmitir la dignidad de la persona humana con gestos hacia cada persona que saludaba. Un Papa que nos habló del hombre del nuevo milenio, que nos indicó cuál era el verdadero camino que debíamos seguir: Cristo, al cual no teníamos que tener miedo de mirar. Un hombre que llevó a Cristo en cada viaje que realizó a lo largo de su extenso pontificado, encontrándose con todos los actores sociales y políticos. Ayudando a evitar conflictos, dictaduras y todo aquello que fuese en contra de la dignidad humana. Fue el Papa de los jóvenes y de las familias, para él ahí estaba la semilla y la cuna de la nueva evangelización. Un Papa que nos adentró en el nuevo milenio con todos los cambios que ello ha implicado. Fue un Papa que manifestó toda su confianza en América para el cual era el continente de la esperanza. Juan Pablo II fue mensajero de la vida y peregrino de la paz que supo transmitir con sus acciones las enseñanzas de Jesucristo y de la tradición siempre nueva de la Iglesia. Un Papa que le abrió las puertas a la razón y nos enseñó que no contradice a la fe, sino que ambas deben ir de la mano hacia la búsqueda de la verdad.

Fue un Papa que mantuvo la doctrina de la tradición, pero que supo abrirse a los cambios del nuevo milenio, manteniendo lo esencial de la fe de la Iglesia. Fue un hombre que sufrió hasta el final de su camino en la tierra, sufrió dos atentados, donde uno casi le cuesta la vida. Sufrió la enfermedad mientras guiaba la barca de Pedro y hasta el final, se le pudo ver desde la ventana de su apartamento bendiciendo al mundo, desde donde sabemos que hoy sigue bendiciendo desde las ventanas del cielo. Un hombre que no se bajó de la cruz de Cristo y nos enseñó hasta el final el valor del sufrimiento humano y cómo Dios nos acompaña en él y sufre con y por nosotros. Fue un hombre que entendió que vale la pena jugársela por Cristo y que en su Madre era en quién tenía que poner toda su vida y la del mundo entero, entregándose por entero a ella. Finalmente, en estos días que vivimos de pandemia nos hubiese vuelto a repetir: ¡No temáis! ¡Abrid, más todavía, abrid de par en par las puertas a Cristo!” (1978).