“Hermanos todos”

Prof. Mg Ricardo Ramírez Basualdo
Profesor de Filosofía y Religión Colegio Sagrada Familia

El Papa Francisco nos ha regalado, no solo a los católicos, sino que, a todo hombre de buena voluntad, una nueva encíclica social: Fratelli Tutti. Acerca de la fraternidad y la amistad social. En ella expone las tendencias del mundo actual, que no tiene un proyecto para todos, que vive en la cultura del descarte, en conflictos permanentes. Para cada uno, parece existir su propio mundo, sin reconocer a los demás como seres humanos, nos enfocamos más en levantar muros, donde terminamos quedando encerrados sin horizontes, sin capacidad de escuchar, “nos hemos empachado de conexiones y hemos perdido el sabor de la fraternidad. Hemos buscado el resultado rápido y seguro, y nos vemos abrumados por la impaciencia y la ansiedad” (33).

En el texto se nos propone la parábola del Buen Samaritano (Lc 10, 25-37) para dejarnos interpelar por ella, aquel samaritano muestra que “al amor no le importa si el hermano herido es de aquí o es de allá” (63).Cada día tenemos la opción de ser buenos samaritanos y no pasar de largo frente a tantos heridos de la sociedad. De ahí la importancia de reconocer que somos corresponsables del prójimo, Jesús no “nos invita a preguntarnos quiénes son los que están cerca de nosotros, sino a volvernos nosotros cercanos, prójimos” (80). No nos desarrollamos sino es entregándonos a los demás (csfr. 87),  hemos sido hechos para el amor, por lo que debemos aprender a salir de nosotros mismos. Dicho amor nos permite buscar lo mejor para la vida del otro, de ahí que desde la palabra caridad “el ser amado es “caro” para mí, es decir, es estimado como de alto valor” (93).

El Papa interpela a que no debemos crear mundos cerrados como lo hacen los socios, sino que estamos llamados a la fraternidad universal y que junto con la amistad social solo se pueden lograr cuando se “percibe cuánto vale un ser humano, cuánto vale una persona, siempre y en cualquier circunstancia” (105). Porque mientras “haya una sola víctima y haya una sola persona descartada, no habrá una fiesta de fraternidad universal”(110). Una sociedad fraterna no solo debe preocuparse de las necesidades básicas, sino de que todos sean acompañados en el recorrido de la vida. Se debe enseñar que la solidaridad se concretiza en el servicio, haciéndose cargo de los demás, sobre todo de los más frágiles, respetando a cada uno su dignidad, derechos y deberes para lograr una plena ciudadanía. Así también, es importante la ayuda mutua entre países, tomando conciencia de que nadie se salva solo. El Papa hace un llamado a recordar la gratuidad, de ser capaces de hacer algunas cosas porque si,  debemos  ser conscientes que hemos recibido la vida gratis y que Dios se nos da gratuitamente.

En su carta encíclica el Papa Francisco llama a una mejor política, que esté puesta al servicio del verdadero bien común. Una política que no caiga en populismo, donde se hagan acciones que solo garanticen votos y poder. El Papa insiste en la definición clásica de justicia de “dar a cada uno lo suyo”, donde ninguno debe pasar por encima de la dignidad y derechos de los demás. La política no se debe someter a la economía, ni tampoco justificar una economía sin política (Csfr. 177).

El Papa junto con hacer un llamado a la esperanza, nos recuerda que necesitamos dialogar más allá de los monólogos de las redes sociales,  necesitamos argumentos racionales,  con variedad de perspectivas,  que nos lleven a una cultura del encuentro, para conformar aquel poliedro que “representa una sociedad donde las diferencias conviven complementándose, enriqueciéndose e iluminándose recíprocamente, aunque esto implique discusiones y prevenciones” (215). Estamos llamados a ser constructores y artesanos de la paz, lo cual no es homogeneizar la sociedad, pero si trabajar juntos por el respeto hacia la dignidad de la persona. Finalmente, el Papa nos llama a todos los creyentes, a abrirse al Padre de todos,  “entre las religiones es posible un camino de paz. El punto de partida debe ser la mirada de Dios” (281).  Para lograr la fraternidad y la amistad social, los creyentes debemos volver a la fuente de la adoración a Dios y el amor al prójimo, porque “el que no ama no conoce a Dios, porque Dios es amor” (1 Jn 4,8).