Navidad, tiempo de esperanza

Prof. Mg Ricardo Ramírez Basualdo
Profesor de Filosofía y Religión Colegio Sagrada Familia

Estamos ad-portas de la fiesta de la Navidad, en un año tan especial y difícil para toda la humanidad. El Papa Francisco ha dicho que “El árbol y el belén contribuyen a crear una atmósfera navideña favorable para vivir con fe el misterio del nacimiento del Redentor” (2020). El nacimiento de Dios en un pesebre humilde y sencillo nos recuerda la pequeñez, pobreza y humildad a la que estamos llamados, tal como los personajes del pesebre. En un año donde la navidad para muchas familias será diferente y difícil, debemos recordar que para José y María no fue fácil encontrar un lugar para dar a luz al Hijo de Dios, tal como muchas veces nosotros no permitimos que Dios nazca en nuestros corazones.

El tiempo de la “La Navidad nos recuerda que Jesús es nuestra paz, nuestra alegría, nuestra fuerza, nuestro consuelo” (Francisco 2020). Jesús, en este tiempo de pandemia se nos muestra como signo de esperanza y ternura con la que Dios se da al mundo (cf. Lc 2,12). Jesús es aquel hermano que nos busca cuando hemos perdido el rumbo y estamos desorientados, aquel que nace en un pesebre, haciéndose cercano entre tantas tinieblas de sufrimiento y ruinas de una humanidad caída. Dios se hace tan pequeño y humilde que permite ser sostenido en nuestros brazos, esconde su poder en la fragilidad de un niño pequeño, que crea y transforma todo.

En la Encarnación «La Vida se hizo visible» (1Jn 1,2), por ello el pesebre nos hacer sentir, tocar y presenciar aquel acontecimiento del misterio del Nacimiento de Jesús. “Qué sorpresa ver a Dios que asume nuestros propios comportamientos: duerme, toma la leche de su madre, llora y juega como todos los niños” (Francisco, 2019). Con ello Dios nos asombra, va más allá de nuestros esquemas. Es así como los reyes magos van desde lejos para llegar a adorar a un niño. Son hombres sabios, ricos, pero sedientos de buscar la Verdad que no defrauda. Van hacia la auténtica sabiduría, hacia aquel Verbo de Dios encarnado, que es capaz de guiar el curso de las estrellas, guiando el curso de la historia.

Este año tendremos la oportunidad de presenciar la Estrella de Belén (conjunción entre Jupiter y Saturno, 21 de diciembre), aquel elemento del pesebre que pasa muchas veces desapercibido, pero nos enseña que la creación habla de Cristo y que de alguna manera nos lleva, como decía San Agustín, como vestigios de Dios hacia Él. Dicha estrella puede movernos interior o exteriormente, aunque en los reyes magos y en nosotros mismos la estrella no hubiese podido hablarles ni moverlos si no hubiese sido movido de otro modo, movidos interiormente por la esperanza de encontrarse con el Hijo de Dios. «Vayamos, pues, a Belén, y veamos lo que ha sucedido y que el Señor nos ha comunicado» (Lc 2,15) y no olvidemos a María, que contempla a su Hijo en el portal de Belén, pero no lo contempla solo ella, sino que lo muestra e invita a acercarse a quien lo visita, pues María, desde el nacimiento de su Hijo es la primera en llevarnos hacia Él, nuestra esperanza.