Pecadores si, corruptos no.

Prof. Mg © Ricardo Ramírez Basualdo.

Profesor de filosofía y religión Colegio Sagrada Familia.

Vemos todos los días en las noticias casos de corrupción a nivel local, nacional e internacional. Los cuales nos provocan sentimientos de haber sido engañados y de frustración. Lo que es peor, ha provocado desconfianza en las instituciones que debían resguardar el orden de las comunidades y de la sociedad. El Papa Francisco ha manifestado que donde hay engaño no está el Espíritu de Dios, ésta es la diferencia entre el pecador y el corrupto. Porque el pecador quisiera no hacerlo, pero vuelve a caer por debilidad; los corruptos, en cambio, no saben lo que es la humildad. Cuando esto sucede en un cristiano que no vive como cristiano cae en la hipocresía de una doble vida. Hemos visto cuanto daño se le ha hecho a la Iglesia y a la sociedad por amoldarse a este mundo en la hipocresía (cf. Rm 12,2).

El cardenal Bergoglio escribió, mientras era arzobispo de Buenos Aires, un texto sobre la corrupción, en la que enfatiza que la corrupción se da, en primer lugar, en   los corazones corruptos.  Corazón que, lamentablemente, se puede habituar al olor a podrido que provoca en el alma la corrupción, haciendo que se perpetúe en la cultura. El corrupto se cree juez de los demás, comparándose constantemente, manifestando “yo no soy como ése”, aludiendo a que cumple siempre y a cabalidad con todo lo que tiene que hacer, cumplimiento que tiene detrás la mentira y el engaño constante. El corrupto maquilla su corrupción, haciendo difícil identificarlo, como afirma Bergoglio: “el corrupto cultivará, hasta la exquisitez, sus buenos modales… para de esta manera poder esconder sus malas costumbres” (2005).

El corrupto no tiene esperanza, porque no se siente en estado de pecado, no es capaz de asumir que lo que hace está mal, de alguna manera parece que naturaliza el pecado según su perspectiva.  A diferencia del pecador que es capaz de asumirse como tal y que, en esa medida, espera ser perdonado. El corrupto ha dejado a un lado el sentido de trascendencia: “frente al Dios que no se cansa de perdonar, el corrupto se erige como suficiente en la expresión de su salud: se cansa de pedir perdón” (2005).  De ahí que se sienta el mejor y superior a los demás, necesitando compararse con los que considera coherente con su propia vida para dejar en obscuro su incoherencia. Trabaja por mantener una apariencia, perdiendo su libertad y su verdadera relación con los demás, porque no es capaz de formar lazos de amistad sincera, sino solo de complicidad para que le ayude a sostener su modo de vida en un ambiente de corrupción.

La corrupción lamentablemente es un estado, que se ha hecho presente y se ha quedado en la sociedad y en la cultura, hay que luchar día a día por una sociedad y cultura menos corrupta y menos acostumbrada a vivir de aquella manera. Seamos capaces de mantener distancia de la corrupción de nuestras acciones y de nuestro corazón y, con Francisco, “pidamos hoy al Señor huir de todo engaño, de reconocernos pecadores. Pecadores sí, corruptos no” (2013).