Pentecostés: Renovar la misión

Prof. Mg © Ricardo Ramírez Basualdo.

Profesor de filosofía y religión Colegio Sagrada Familia.

Celebramos la fiesta de Pentecostés que nos recuerda el inicio de la misión de la Iglesia, la cual no ha sido fácil, que se ha visto muchas veces debilitada y cuestionada pero que, en cada Pentecostés, se nos impulsa a formar y renovar una Iglesia nueva. Para esto necesitamos unidad, en un mundo que parece que está hiperconectado por las redes sociales, pero que nos hace relacionarnos con mayor superficialidad, pues “sólo puede existir la unidad con el don del Espíritu de Dios, el cual nos dará un corazón nuevo y una lengua nueva, una capacidad nueva de comunicar” (Benedicto XVI, 2012). Unidad que hubo, cuando cincuenta días después de la Pascua, sopló un viento fuerte sobre Jerusalén, y se posó sobre María y los discípulos un fuego que era de amor capaz de transformar y hacer desaparecer el miedo de los discípulos y su incomprensión del mensaje de Jesús. Soltó las lenguas y “comenzaron a hablar con franqueza, de modo que todos pudieran entender el anuncio de Jesucristo muerto y resucitado” (Benedicto XVI, 2012). El Espíritu introduce a toda la Iglesia en la Verdad que es Jesucristo, nos permite comprenderla y profundizarla. Nos ayuda a ser capaces de escuchar el mensaje y de compartirlo; de renovarnos a cada uno y ayudar a otros a renovarse.

Pentecostés es un misterio y una misión. Es el misterio del Dios que envía a su Espíritu para iniciar la misión de su Iglesia, de un Dios que no se va y se olvida del mundo; es el misterio de un Dios que se queda permanente y constantemente con su Iglesia y nos acompaña en la misión. Es una misión, porque la fuerza del Espíritu Santo, como lo explica el Papa Francisco, es centrípeta y centrífuga empujándonos hacia el exterior, porque “el que lleva al centro es el mismo que manda a la periferia, hacia toda periferia humana; aquel que nos revela a Dios nos empuja hacia los hermanos” (Francisco, 2018). Es así como el Espíritu cambia los acontecimientos de nuestras vidas y de la Iglesia, nos libera los corazones cerrados por el miedo, nos ayuda a vencer los obstáculos, nos ensancha los corazones, nos saca de la comodidad, tal como sacó a María y a los discípulos de la seguridad del cenáculo.

La Iglesia vive momentos difíciles, porque nos hemos quedado en la comodidad, nos hemos encerrado y hemos perdido el verdadero centro de nuestra fe: Jesucristo. Muchos prometen períodos de cambio, nuevos comienzos y grandes renovaciones, pero la historia de la Iglesia nos muestra que todo esfuerzo terreno es en vano si el corazón del hombre no se abre a la satisfacción plena de Dios. El Papa Francisco ha expresado que “cuando la vida de nuestras comunidades atraviesa períodos de “flojedad”, donde se prefiere la tranquilidad doméstica a la novedad de Dios, es una mala señal” (Francisco, 2018) porque se ha debilitado la misión. El Espíritu Santo nos recuerda que la Iglesia, a pesar de sus siglos de historia, es joven y Cristo sigue enamorado de ella como desde el primer día. En los momentos más obscuros ha surgido la santidad como prueba que el centro de la fe es Jesucristo y que el alma es el Espíritu, que trae esperanza, “la colma de alegría, la fecunda de novedad, le da brotes de vida” (Francisco, 2018). Seamos capaces de abrir nuestro corazón y Espíritu para vivir esta fiesta de Pentecostés, de unirnos al rezo de María en el Cenáculo con esperanza de lo que se nos ha prometido y recemos en este cumpleaños de la Iglesia: «Veni Sancte Spiritus!», «¡Ven Espíritu Santo, llena los corazones de tus fieles y enciende en ellos el fuego de tu amor!».