San Agustín: buscar la verdad.

Prof. Mg © Ricardo Ramírez Basualdo.

Profesor de filosofía y religión Colegio Sagrada Familia.

El 28 de agosto la Iglesia católica celebra la memoria de San Agustín de Hipona, quien es Padre y Doctor de la Iglesia por su vida marcada por la búsqueda de la verdad. San Agustín nació en Tagaste, lo que se comprendía como la África romana en el año 354. Era hijo de un patricio pagano y de Santa Mónica, mujer santa que luchó con fe y oración durante toda su vida por la conversión de su hijo al cristianismo. Santa Mónica lo siguió donde pudo para ayudarle a encontrar el camino, guardando todas las travesuras de su hijo en su corazón.

San Agustín buscó la verdad apasionadamente durante toda su vida. Aunque ese camino no fue fácil, creyó que la verdad la podría encontrar en el prestigio, en el trabajo, en la carrera, en el poseer cosas materiales, en la felicidad inmediata. Durante su búsqueda cometió muchos errores, sufrió, fracasó, pero nunca se detuvo, hasta que se dio cuenta, como lo muestra en su gran obra de Las Confesiones que aquella verdad que tanto  buscaba con pasión era Dios y que Dios “era más íntimo a él que él mismo, había estado siempre a su lado, nunca lo había abandonado y estaba a la espera de poder entrar de forma definitiva en su vida” (cf. III, 6, 11; X, 27, 38).

Sin duda, lo que motivó y ayudó a San Agustín a buscar la Verdad fue la filosofía, sobre todo la de orientación platónica, porque le había mostrado la existencia del Logos, como la razón creadora. Aunque, hay que reconocer que leer libros de filosofía le ofrecía solamente mostrarle la existencia de la razón, de la cual todo procede, pero no a alcanzarla. No es hasta que lee las cartas de San Pablo, cuando se le revela la verdad. Es así como su obra teológica y pastoral se transforma en una de las más grandes síntesis del pensamiento de la antigüedad. San Pablo VI afirma al respecto que «se puede afirmar que todo el pensamiento de la antigüedad confluye en su obra y que de ella derivan corrientes de pensamiento que empapan toda la tradición doctrinal de los siglos posteriores» (Pablo VI, 1970). Porque Agustín fue capaz de escuchar la fe, pero no le quitó espacio a la razón, proponiendo la relación entre ambas en la búsqueda de la verdad, pues hay que ser capaz de “creer para entender” y “entender para creer”.

San Agustín fue capaz de escuchar no solamente con los oídos, sino que con el corazón. Muchas veces nos hace falta encontrarnos con el silencio para escuchar y reconocer a Dios en nuestras vidas.  De ahí que plasme en sus confesiones la reflexión y oración profunda al darse cuenta que Dios habita en nuestro interior, afirma: “¡Tarde te amé, belleza tan antigua y tan nueva, tarde te amé! Y he aquí que Tú estabas dentro y yo fuera, y fuera te buscaba. Y sobre todas las hermosas formas que hiciste, yo, deforme me precipitaba. Estabas conmigo, y yo no estaba contigo. Lejos de ti me retenían esas cosas que, si no existieran en ti, no existirían. Llamase, y tu grito abrió mi sordera. Relampagueaste, y tu resplandor disipó mi ceguera. Exhalaste tu fragancia e inspiraste a mi espíritu el anhelo de ti. He gustado, y tengo hambre y sed. Me has tocado, y ardí por tu paz”. (Confesiones, XXVII.38)