Vayamos a Belén

Jesús nació en un pesebre, cuya representación preparamos en nuestras casas, colegios y plazas para mostrar, con sencillez, el acontecimiento del nacimiento de Jesús. De esta manera, como diría San Agustín, se nos recuerda que Cristo “puesto en el pesebre, se convirtió en alimento para nosotros” (Serm. 189,4). Esta tradición de la representación del Belén o Pesebre fue dada por San Francisco para toda la Iglesia, quien quiso, por allá por el 1200, contemplar con sus ojos a aquel niño que nació en Belén entre los animales.

El pesebre nos conmueve, porque manifiesta la ternura de Dios, aquel don de la vida “siempre misterioso para nosotros, nos cautiva aún más viendo que Aquel que nació de María es la fuente y protección de cada vida” (Francisco, Admirabile signum, 2019). Con el pesebre nos imaginamos los hechos, la historia, y nos implicamos en ella. Nos invita a sentir y a tocar el misterio de la Encarnación y, por sobre todo, a asimilar la pobreza con la que el Hijo de Dios decide realizar su Encarnación.

Los signos que en el pesebre apreciamos son, por ejemplo, la noche obscura, que representa la obscuridad de nuestras vidas y cómo Dios brilla, en algún momento, aunque sean las noches mas tristes y obscuras, de la misma manera que el Hijo de Dios brilló en la noche obscura de Belén. Las ovejas y los pastores nos muestran cómo la salvación ha sido entregada, en primer lugar, a los más pobres entre los pobres, de una manera sencilla y humilde, siendo aquellos los primeros en llegar a adorar a Jesús. La estrella, es un signo de que Dios mueve todo aquello que ha creado y nos invita a ponernos en camino. Los reyes magos, por su parte, nos muestran que, así como los humildes fueron a adorar al Hijo de David, los sabios y ricos también dejan de lado aquello que les incomoda, para arrodillarse humildemente ante un Niño pobre y así reconocerlo como el Hijo de Dios.

Los tres personajes principales son María, José y Jesús, aquellos padres en el Belén se muestran dirigidos hacia el Niño Dios, ya dándonos un mensaje claro que la atención debe estar puesta en la centralidad de Cristo. No es María quien se muestra, sino que, al igual que lo hará el resto de su vida, mostrará a Cristo a los demás. San José por su parte, se muestra con actitud de protección hacia su familia, demostrando que ha hecho la voluntad de Dios.

Jesús, nos muestra en el pesebre cómo el Todopoderoso se ha escondido en la debilidad y en la fragilidad de un niño que nace entre animales. Asombrándonos, porque pareciese imposible que Dios se haga hombre, asumiendo nuestras propias maneras de actuar, tomando leche, llorando, durmiendo.  Pongámonos en camino y vayamos a Belén y miremos en aquel pesebre, a Dios que se ha hecho hombre para la salvación de toda la humanidad.